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5 paradas secretas entre Roma y Florencia que solo puedes hacer en coche
Hay un viaje que casi todo el mundo hace mal. Suben al Frecciarossa en Roma Termini, miran el campo italiano pasar por la ventanilla a 300 kilómetros por hora, y noventa minutos después están en Santa Maria Novella preguntándose por qué Italia no se parece tanto a las fotos. Lo que nadie les dijo es que la mejor Italia no está ni en Roma ni en Florencia. Está exactamente en el medio, en esa franja de Lacio y Toscana que el tren de alta velocidad atraviesa sin detenerse.
Yo hice esa ruta en coche hace dos años, sin ningún plan especial, y terminé llegando a Florencia de noche con la sensación de haber visto más en ese día que en los tres anteriores recorriendo museos. La clave es simple: necesitás un coche. Mejor todavía, un chófer. Porque cuando no estás pendiente del GPS, de encontrar estacionamiento en un pueblo medieval o de recordar por qué carril se maneja en Italia, podés dedicarte enteramente a mirar. Un transfer privado de Roma a Florencia con paradas a medida es, en ese sentido, una de las mejores decisiones que podés tomar en un viaje a Italia.
Estas son las cinco paradas que cambiaron mi manera de entender ese trayecto.
Civita di Bagnoregio — la ciudad que se está despidiendo
Hay lugares en el mundo que parecen sacados de un sueño, y Civita di Bagnoregio es uno de ellos. El pueblo se asienta sobre una meseta de roca volcánica que se erosiona despacio, año tras año, mientras el valle que la rodea la va dejando cada vez más sola. Le llaman "la ciudad que muere", y aunque el apodo suena dramático, es bastante literal: en invierno viven allí menos de diez personas de manera permanente.
Para llegar hay que cruzar un puente peatonal de unos trescientos metros que conecta la meseta con el mundo. No pasan coches. No pasan motos. Pasás vos, con tus zapatos y tus ganas de entender cómo alguien decidió fundar un pueblo en semejante lugar hace más de dos mil quinientos años. El estacionamiento queda abajo, en el valle, lo que en la práctica significa que si llegás en coche propio vas a pasar un rato buscando dónde dejarlo y calculando si va a estar bien. Con chófer privado, él se queda esperando mientras vos subís, recorrés las callejuelas de piedra y tomás las fotos que van a confundir a todos tus amigos porque van a pensar que son de otro siglo.
El truco es llegar temprano, antes de las nueve de la mañana si es posible. Los grupos organizados empiezan a aparecer alrededor de las diez y media, y el puente se llena de gente con paraguas de colores siguiendo a un guía con micrófono. Antes de esa hora, Civita es casi tuya.
Orvieto — donde parar a almorzar es una excusa para quedarse toda la tarde
Orvieto tiene una ventaja logística sobre el resto de paradas: está prácticamente encima de la autopista A1. Salís de la ruta, subís por el funicular hasta el centro histórico y de repente estás frente a una de las catedrales góticas más elaboradas de Italia, con una fachada cubierta de mosaicos dorados que brilla de una manera que parece imposible para algo construido en el siglo XIV.
Pero la catedral es solo el comienzo. Debajo de Orvieto hay otro Orvieto: una red de túneles, cuevas y pozos excavados en la roca de toba volcánica que se usaron durante siglos para guardar aceite, criar palomas y esconderse durante los muchos asedios que sufrió la ciudad. El Pozzo di San Patrizio, un pozo de más de cincuenta metros de profundidad con dos escaleras helicoidales que no se cruzan nunca para que los burros que bajaban con los cántaros vacíos no chocaran con los que subían llenos, es una de esas obras de ingeniería que te hacen pensar que los renacentistas resolvían problemas con una elegancia que hoy nos costaría imitar.
Para almorzar, el Orvieto Classico es el vino local, una denominación de origen que se produce en los viñedos que rodean el lago de Bolsena. Es blanco, seco, con una acidez fresca que combina bien con la pasta umbra y con los embutidos de la zona. Si llegás al mediodía y te quedás hasta las tres, no habrás perdido tiempo: habrás ganado una tarde.
Lago di Bolsena — el secreto mejor guardado del Lacio
Poca gente fuera de Italia sabe que el lago de Bolsena existe, y eso es exactamente lo que lo hace especial. Es el lago volcánico de agua dulce más grande de Europa, formado hace unos trescientos mil años cuando un sistema de volcanes colapsó sobre sí mismo y el cráter se llenó de agua. Hoy tiene un color azul profundo, una temperatura agradable en verano y una orilla salpicada de pueblos medievales que no aparecen en ninguna guía turística de circulación masiva.
El pueblo de Bolsena, en la ribera norte, tiene un castillo del siglo XIII que domina el lago desde lo alto y una playa de agua dulce donde en julio y agosto los italianos del interior vienen a escapar del calor sin tener que lidiar con el turismo de la costa. Es el tipo de lugar donde la única señal de que existís como turista extranjero es la ligera sorpresa en la cara del camarero cuando le hablás en español.
La carretera que bordea el lago es sinuosa y lenta, pero vale cada curva. Si tenés chófer, podés mirar el agua sin preocuparte de lo que viene después de la próxima curva.
Pitigliano — tallada en la roca, vivida en la historia
Pitigliano no se anuncia. Vas conduciendo por la Maremma toscana, entre colinas suaves y viñedos, y de repente el terreno se abre y aparece el pueblo encima de un promontorio de roca toba de color ocre, con sus casas creciendo directamente desde la piedra como si siempre hubieran estado allí. El efecto visual es tan abrupto que la primera vez que lo ves te detenés en seco.
La llaman "la pequeña Jerusalén" por su comunidad judía, una de las más antiguas de la Toscana, que llegó huyendo de las persecuciones de los Estados Pontificios en el siglo XVI y encontró en Pitigliano una ciudad pequeña y suficientemente alejada del poder como para vivir con cierta paz. El gueto judío, el antiguo horno kosher y la sinagoga restaurada forman hoy un pequeño museo que cuenta esa historia con una sobriedad que resulta más efectiva que cualquier dramatismo.
Debajo del pueblo, excavadas en la misma roca, hay bodegas donde el vino lleva siglos fermentando a temperatura constante. Algunas se pueden visitar y el Bianco di Pitigliano, otro blanco de la zona, es seco y mineral con una personalidad completamente distinta al Orvieto. Para la foto que todos van a comentar, el ángulo desde la carretera que llega del norte, con el pueblo entero recortado contra el cielo, es el que mejor captura por qué este lugar debería ser famoso.
Montefiascone — una vista panorámica y un vino con nombre de escándalo
La última parada antes de acelerar hacia Florencia es Montefiascone, y puede hacerse en treinta o cuarenta minutos sin prisa. El pueblo está sobre una colina que domina el lago de Bolsena desde el sur, y la vista desde la terraza junto a la basílica de San Flaviano es de esas que hacen que el viaje valga la pena aunque no hayas hecho ninguna otra parada.
El vino local se llama Est! Est!! Est!!! y la historia detrás del nombre es demasiado buena para no contarla. Según la leyenda, un obispo alemán que viajaba a Roma en el siglo XII mandó a su criado por delante para que marcara con la palabra "Est" (hay, en latín) las posadas donde el vino fuera bueno. En Montefiascone, dicen, el criado se entusiasmó tanto que escribió "Est! Est!! Est!!!" en la puerta. El obispo llegó, bebió, y decidió que no tenía ninguna razón para seguir viaje a Roma. Se quedó en Montefiascone hasta morir.
La historia probablemente es apócrifa. El vino es real, y es agradable. Y la vista sobre el lago, con la luz de la tarde cayendo sobre el agua, es de esas que uno recuerda mucho después de haber olvidado los nombres de los museos.
Cómo organizar este viaje sin volverse loco
La ruta completa se puede hacer en un día largo saliendo de Roma temprano, alrededor de las siete y media de la mañana, y llegando a Florencia después de cenar. El trayecto directo en coche son aproximadamente tres horas, pero con las cinco paradas el día se convierte en siete u ocho horas de experiencia real que no tiene ningún equivalente posible en tren.
El orden que describí es geográficamente lógico y evita contramarchas. Civita y Orvieto primero, aprovechando la mañana cuando hay menos gente. El lago de Bolsena y Pitigliano a media tarde, cuando la luz es mejor para las fotos. Montefiascone como cierre, con la puesta de sol sobre el lago si el calendario acompaña.
Lo que hace que esta ruta funcione de verdad es no tener que ocuparse de la logística. Las carreteras rurales del Lacio y la Maremma son estrechas, las señales no siempre son claras y aparcar en pueblos medievales construidos antes de que existieran los coches es un ejercicio de paciencia que puede arruinar el humor. Rome City Transfers ofrece este tipo de recorrido con chófer privado que conoce las rutas, sabe dónde parar y te espera sin apuro mientras vos explorás. Si querés organizar la ruta a tu medida, podés solicitar tu presupuesto directamente en su sitio con los tiempos y paradas que más te interesen.
La Italia que no se ve desde el tren
El tren de alta velocidad es una maravilla de ingeniería y tiene todo el sentido del mundo si lo que necesitás es ir de A a B en el menor tiempo posible. Pero viajar no siempre es eso. A veces viajar es precisamente lo contrario: darse permiso para detenerse en un pueblo que no aparece en ningún itinerario estándar, tomar un vino que no se exporta, subir a pie a una ciudad que se está quedando sola sobre su roca volcánica.
La mejor parte de Italia no está en los museos. Está en la carretera entre un sitio y otro, en esa hora de la tarde en que la luz cambia y te das cuenta de que el lugar donde estás es exactamente donde querías estar.
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